FRASES PARA SACERDOTES


Al salir de esta prisión de sufrimiento (Purgatorio), escuché la voz interior del Señor que decía: "Mi misericordia no quiere esto, pero lo pide mi Justicia".

De: Diario de Santa Faustina.



El Directorio para el ministerio y vida de los presbíteros, de la Sagrada Congregación para el clero, en el n. 66 refiriéndose a la obligación del traje eclesiástico dice: "En una sociedad secularizada y tendencialmente materialista, donde tienden a desaparecer incluso los signos externos de las realidades sagradas y sobrenaturales, se siente particularmente la necesidad de que el presbítero --hombre de Dios, dispensador de Sus misterios-- sea reconocible a los ojos de la comunidad, también por el vestido que lleva, como signo inequívoco de su dedicación y de la identidad del que desempeña un ministerio público.

El presbítero debe ser reconocible sobre todo, por su comportamiento, pero también por un modo de vestir, que ponga de manifiesto de modo inmediatamente perceptible por todo fiel --más aún, por todo hombre su identidad y su pertenencia a Dios y a la Iglesia.

Por esta razón, el clérigo debe llevar «un traje eclesiástico decoroso, según las normas establecidas por la Conferencia Episcopal y según las legitimas costumbres locales».

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"A MIS SACERDOTES" DE CONCEPCIÓN CABRERA DE ARMIDA. CAP. XCIX: YO VENCÍ

Mensajes de Nuestro Señor Jesucristo a sus hijos predilectos.


XCIX


YO VENCÍ


"Épocas difíciles se le preparan a mi Iglesia y necesito de campeones esforzados que más la amen y defiendan de sus enemigos.  Esos enemigos serán de muchas clases, unos al descubierto y otros solapadamente, misteriosamente, pero infiltrarán el veneno con astucia satánica, envenenarán conciencias y corazones. De muy hondo conmoverán los cimientos de la fe, lucharán contra mi Iglesia y la dividirán; pero Yo vencí al mundo y si mis sacerdotes son otros Yo, también lo vencerán, y es preciso activar su transformación en Mí, para que en ellos otros Yo, se estrellen los batallones enemigos y mi Iglesia se salve.

Mis sacerdotes tienen que estudiar mi vida exterior, pero deben internarse más y más en mi vida interior de unión íntima con el Padre y con el Espíritu Santo de quien recibía, como Dios hombre, fortalezas.

La vida interior es la que une, la que diviniza, la que salva; la vida unitiva con el que es la Vida, es la vida verdadera, la que da frutos de vida eterna.  Y los sacerdotes, no tan sólo deben defender a sus personas de los errores y de la corriente devastadora de los enemigos de la Iglesia, sino que también tienen la sagrada obligación de salvar a las almas; y nada más a propósito para salvarlas como ser otros Yo, por su perfecta transformación en Mí.

Necesitan mis sacerdotes ser puros como Yo, ser pacientes, sufridos, misericordiosos y santos para vencer al mundo. Pero la fortaleza la recibía Yo del Espíritu Santo, al cual deben acudir mis sacerdotes,hoy más que nunca, por María, para resistir inconmovibles todas las asechanzas del enemigo.

Satanás vislumbra esa evolución santa y divina en mis sacerdotes; él ve venir, sin saber cómo, algo muy grande contra el infierno que debe aplastarlo; siente en su negrura que se le va a destronar de muchos corazones engañados y secuestrados por él; ya se conmueve al presentir en el mundo mi presencia renovada y palpitante en mis sacerdotes, y se apresta a la lucha y se infiltra hasta en algunos de los míos, para su mayor venganza.

Ha extendido sus redes y su libertinaje en los cuerpos y en las almas por la soberbia y con una sensualidad terrible, hace ver como natural lo prohibido, arranca el pudor, la vergüenza,la fe, empaña, desdora y desorienta las  conciencias. Pero él ve venir la revancha y teme la guerra que el Espíritu Santo, su antagonista, va a presentarle en lo que mas le duele, en los sacerdotes santos.

Va a procurar Satanás, en sus luchas, cismas, desobediencias, oscuridades y preplejidades, "llevar el agua a su molino", pero quedará burlado; y si tendrá que sufrir la Iglesia, la coronará el triunfo y derrocará al demonio y al infierno.

Pero Yo vencí al mundo en la Cruz; y mis sacerdotes, si son fieles en el Calvario, si se sostienen en sus martirios, si se unen en la caridad, si se transforman en Mí, su Cabeza, cantarán victoria; porque el infierno no prevalecerá contra los que forman mi Iglesia y la sostienen con la vida del Espíritu Santo.

Necesito, no una santidad general, sino particular y sólida, basada en la fe, en la esperanza y en el amor, en cada uno de mis sacerdotes. No pido perfecciones en globo, sino que quiero particularizar la santidad en cada corazón sacerdotal, en su perfecta transformación en Mí.

Por todo lo que antecede y que el infierno inquieto y temeroso prepara, comprenderán que no sólo es buena, sino indispensable y necesaria la perfecta transformación en Mí de cada sacerdote y de  todos, de manera que sean un solo Sacerdote en Mí, para salvar a mi Iglesia y a las almas.

Los dos espíritus, el bueno y el malo, se van a enfrentar; y mis sacerdotes van a luchar en mayor o menor escala ya exterior, ya interiormente y de muchos modos. Pero Conmigo y en mi unión ¿qué pueden temer? La lucha será más o menos ardua, intensa y duradera; pero el Espíritu Santo triunfará y la Iglesia, gloriosa y pura, entonará acciones de gracias a mi Padre Celestial. Claro está que habrá sus víctimas; pero felices víctimas, unidas a la Víctima sin mancha, que borra todos los pecados del mundo.
Por tanto, esa transformación de los sacerdotes en Mí no es una mera devoción, repito, no es sólo un grado de perfección más; es una imperiosa necesidad en estos tiempos para prepararse a la lucha, para poder aplastar a Satanás en sus tenebrosas sectas, en sus conspiraciones contra la Iglesia; necesitan  los sacerdotes reforzarse con el Espíritu Santo por María; necesitan la fortaleza de lo alto para sostenerse dignamente en sus puestos; necesitan la luz de verdad, de vida, de calor del Padre amado.

Y todo esto lo conseguirán en su transformación en Mí, Crucificado sí, pero resucitado también, y vuelto en ellos a la tierra para redimir a las almas, perfeccionarlas y sacarlas de lo material, espiritualizarlas y por el Espíritu Santo salvarlas.

Que mis sacerdotes blindados en Mí, con las virtudes teologales por armas, se preparen a la lucha mas o menos cercana y sepan dar pruebas de su valor heroico, de su energía invencible, de su constancia perseverante, de su amor invulnerable a la Iglesia.

Yo vencí al mundo, repito, y ellos lo vencerán con el Espíritu Santo, con María, con la Cruz, y glorificarán al Padre que es y debe ser el principio y el final del sacerdote transformado en Mí.

¡Cómo quisiera incendiar con el fuego santo el corazón de todos mis sacerdotes!,  ¡con ese ardiente celo que consume mi pecho cuando veo amagada mi iglesia y a Satanás preparando sus golpes para asestarla!  ¡Cómo quisiera poseer en lo más íntimo cada alma sacerdotal y comunicarle mis sentimientos, el amor a mi Padre y a las almas!...

¡Yo me dajaría crucificar de nuevo, si esto pudiera ser, con tal de transformar a cada sacerdote en Mí!   ¡Cómo busco su corazón que, poseyéndolo, poseería su amor, sería dueño de disponer de ellos a mi placer, sin obstáculos ni resistencias!  Y lo mismo ansía mi Padre que quiere ver no a muchos sacerdotes dispersos y aun disgregados, sino a un solo Sacerdote en Mí, a un solo Sacerdote en el Papa, con un solo juicio, parecer y querer.

Pues esto persigo con estas confidencias: llegar a esa unidad, única que puede salvar; todos en Mí y Yo en ellos en mi Padre, con el Espíritu Santo, fundiéndonos con toda la Iglesia y con todas las almas en la unidad de la Trinidad".



ENCUENTRO NACIONAL DE REPRESENTACIÓN JUVENIL - REPRESENTACIÓN






Imágenes de una parte del grupo que representó a todas las capillas de la Parroquia San Nicolás de Bari de Arraiján en la versión número 38  ENCUENTRO DE RENOVACIÓN JUVENIL, llevado a cabo entre el 2 y 5 de Febrero, pasados en la ciudad de Chitré, Provincia de Herrera.

Fotos: Narcisa Olayvar

ASÍ DESAFIABA SAN JUAN BOSCO AL DIABLO

Desde vejaciones hasta burlas. Una dura batalla entre el santo y Satanás

San Juan Bosco y el demonio. Se cuentan innumerables episodios en los que don Bosco enfrentó a Satanás: encuentros, luchas, exorcismos.


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1 – Carluccio y la Virgen Auxiliadora

Carluccio, el hijo de un hombre honesto era “alumno” de don Bosco. Al chico, 15 años, le transmitió la devoción. Cuando el joven se enfermó, el sacerdote estaba fuera de la ciudad y no pudo confesarlo. La enfermedad se agravó y Carluccio murió.

Llegó don Bosco; la familia en luto le contó cómo se había apagado su Carluccio. Don Bosco se acercó al joven fallecido y comenzó a llamarlo: “¡Carluccio! ¡Carluccio!…”. El muerto abrió los ojos y se sentó en la cama. “¡Oh, don Bosco, lo estuve llamando mucho tiempo porque quería confesarme bien. Me confesé confusamente con otro sacerdote y no logré confesarme bien”.

Don Bosco hizo salir a todos un momento de la habitación. Le dijo a Carluccio. “Pobrecito, ¿qué te ha sucedido?”.

“Mire, – respondió el muchacho – apenas salió el alma de mi cuerpo, se encontró con Cristo Juez, pero María Auxiliadora le rogó a su Hijo suspender un poco el juicio. Yo estaba aterrorizado. Veía a un lado un abismo inmenso de fuego”. Demonios por todas partes. “Fue entonces que María Auxiliadora, ahí presente, le dijo a los demonios: “No lo toquen, no ha sido juzgado”.

En ese momento Carluccio recordó haber oído la voz de don Bosco y haber recuperado la conciencia. Don Bosco, tras haber puesto al corriente a los familiares que regresaron a la habitación, le dijo finalmenete al joven: “Carluccio, prefieres estar aún en este mundo de tentaciones y peligros, o irte a los brazos de María Auxiliadora?”. El joven respondió: “Prefiero irme a los brazos de María Auxiliadora”. Entonces – continuó el santo – vete en paz y ruega a la Virgen por nosotros”. Se dejó caer sobre la almohada y murió.


2 – Las burlas del diablo

Leemos en la vida de don Bosco que el diablo, rabioso porque el santo se robaba las almas, buscaba de todas las formas obstaculizarlo. Satanás retumbaba en el desván, parecía que cayeran piedras con estruendo infernal.

Mientras el santo extendía en la mesa la Regla de los Salesianos, ese animal le derramaba la tinta en el manuscrito. Cuando estaba abrumado por el sueño, le quitaba las mantas de la cama, burlándose. A menudo, bajo el aspecto de tigre, y otras fieras feroces, o monstruos horrendos, le levantaba la cama.


3 – La bendición

En Roma, el 3 de abril de 1880 le llevaron a don Bosco a una endemoniada, para que la bendijera.

Durante la bendición parecía que el demonio estuviera ahogando a su pobre víctima. El maligno dijo que se llamaba “Petrus” y que desde hacía dos años que habitaba en esa persona.

“¿Qué haces aquí?” – le preguntó don Bosco.

“Soy el guardián de Santa” (así llamaba a la poseída)

“¿Dónde estabas antes?”

“En el aire. Ustedes tienen que luchar mucho contra mí”.

“¿Por qué no quieres salir? ¿No ves que aumentas tus penas, tu mal?”

“Yo quiero el mal”.

El exorcismo solemne no fue posible, pues le faltaba a don Bosco el permiso del cardenal vicario, que no estaba en Roma. Un señor que no creía en el demonio, al ver la escena y oyendo las palabras de la endemoniada, se convenció de la existencia del diablo (esorcismo.altervista.org).


4 – La marquesa víctima de una posesión

Don Bosco se había ido a celebrar misa en la casa de la marquesa de Comillas, cuando se presentó una poseída que, al verlo, se lanzó al suelo como desmayándose, sacando espuma por la boca, debatiéndose y contorsionándose como una serpiente. Él le decía que invocara a María, ésta en cambio gritaba: “¡No, no quiero salir! ¡No quiero partir!”.

Como la desgraciada se llamaba María, don Bosco la llamaba: “María, toma esta medalla”; pero ella no daba muestras de entender. Finalmente, don Bosco la bendijo. Se levantó la joven, tomó la medalla que don Bosco le ofreció, la besó, entró en la iglesia y oyó la misa. Parecía curada: de hecho desayunó tranquilamente, y todo esto en presencia de muchas personas. Aquellos que la acompañaban, decían que no la habían visto así de tranquila desde hacía mucho tiempo y estaban sorprendidos. Y volvió consolada a casa.


5 – Las molestias del oso

Don Bosco sufría graves sensaciones diabólicas cada vez que estaba por emprender alguna obra importante para mayor gloria de Dios. Una mañana uno le preguntó si por la noche había descansado, él respondió: “No mucho, porque me molestó un animalejo feo, bajo la forma de un oso, el cual se puso en mi cama, e intentó ahogarme”. Este hecho no sucedió una sola vez: y don Bosco decía claramente cómo eran las molestias infernales.

La noche en la que don Bosco terminó de escribir las primeras Reglas de la Pía Sociedad Salesiana, fruto de mucha oración, meditación y trabajo, mientras escribía la frase de conclusión: “Ad maiorem Dei Gloriam”, apareció el diablo, se movió la mesa, se cayó el tintero, mientras se oían gritos tan extraños que podían infundir profundo terror; y finalmente se quedó todo tan sucio que el manuscrito ya no era legible, y don Bosco tuvo que empezar de nuevo su trabajo.


6 – La opresión en su estómago

El 12 de febrero de 1862 don Bosco contó: “La noche del seis o siete de este mes me había apenas acostado, y ya empezaba a adormecerme, cuando siento que me agarran por los hombros y me sacuden tan fuerte que me asusté mucho. “¿Quién eres?” me puse a gritar, encendí la luz, y me vestí, miré la cama, y en todos los rincones de la habitación, para ver si estaba escondido alguien, y era la causa de esa broma. Pero no encontré a nadie. Miré la puerta de mi habitación y estaba cerrada. Miré igualmente la puerta de la biblioteca; todo estaba cerrado y tranquilo”.

Don Bosco luego recordó haber vuelto a la cama. “Me había apenas adormecido, cuando sentí otra sacudida que me perturbó. Quería tocar el timbre y llamar. “Pero no”, me dije, “no quiero molestar a nadie”, y entonces me puse a dormir boca arriba; cuando sentí en el estómago un peso enorme que me oprimía, casi impidiéndome respirar. No pude evitar gritar: “¿Qué pasa?” y solté un puñetazo: pero no toqué nada. Me puse del otro lado, y volvió esa opresión. En ese miserable estado pasé toda esa noche”.


7 – TOC.. TOC… TOC…

El 5 de febrero de 1862 don Bosco contó: “La otra noche fui a la habitación y vi la mesita de noche bailar y golpear: toc, toc, toc… “Oh, esta es buena” me dije, y me acerqué y le pregunté: “¿Qué quieres?” y ésta continuaba: toc, toc, toc. Me pasé por la habitación y callaba; me acercaba, y ésta bailaba y golpeaba. Les aseguro que si yo hubiera escuchado esta historia que he visto, no la habría creído. ¿No les parece estar oyendo las historias de las brujas que nos contaba la abuela?”.


8 – La cola del diablo

El 17 de febrero de 1862: “Ayer por la noche me acosté, cuando sentí que me pasaba por la frente un frío pincel, manipulado ligeramente. Entonces me quité el gorro de dormir, pero esa mano misteriosa me pasaba el pincel por la nariz y la boca molestando, haciendo que no pudiera dormir y cerrar ojo ni un solo instante. Eso me sucedió otras veces, es más, en lugar de una pluma, me pareció que fuera una cola tan apestosa, que me despertaba sobresaltado”. 


9 – La mujer afligida

En 1872 en Mathi Toriense había una cierta Maria Sopetti, que sufría vejaciones diabólicas. Fue informado mons. Gastaldi, quien sugirió que la bendijera don Bosco. La mujer fue a Turín el 30 de noviembre. Cuando llegó el momento de entrar, comenzó a gritar: “No, no …” cien veces. Finalmente entró y con muchos esfuerzos se le forzó a arrodillarse.

Don Bosco le dio la bendición. Ésta, mientras tanto, se llevó las manos a las orejas para no oír, e intentó hacer locuras y caras raras porque se sentía sofocada.

Se puso a gruñir como un cerdo y a maullar como un gato.

Con increíbles esfuerzos se logró que besara la medalla de María Auxiliadora. Terminada la bendición, se calmó enseguida.

Salió de la habitación, y se le vio tranquila. Don Bosco le aseguró que, cuando fuera a Lanzo, pasaría a verla en Mathi, o al menos preguntaría por ella. Le dijo que besara a menudo la medalla de María Auxiliadora y rezara el Ave María, que el Señor le daba con tales vejaciones un medio para hacer muchos méritos. Siguió de vez en cuando yendo con don Bosco y el 2 de enero de 1883 estaba casi completamente libre.


FUENTE: es.aleteia.org

Satanistas, volved a Dios


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Vamos ahora a hablar del genero de hombres más desgraciados de todos cuantos hay sobre el mundo. Nada hay más espantoso que el que alguien sabiendo que existe el demonio, le adore. Es muchísimo mejor la suerte del ateo, pues al menos éste si creyera en la existencia del mundo espiritual, adoraría al Creador. Pero el servidor del mal sabe que existe este mundo espiritual y, aún así, elige recibir un poco de bien ahora, a cambio de su suerte eterna.

Y digo “un poco de bien ahora” porque es muy poco lo que el demonio da. Ya aquí en la tierra, los servidores del Maligno sufren las consecuencias del pecado: ira, tristeza, rabia, melancolía, odio, intranquilidad, continua ambición no satisfecha, continua hambre de más placeres. Y el demonio les concede poco, casi nada. Con ellos no es generoso ni en la tierra. Podría darles más, pero no quiere que gocen ni sus súbditos. Está dotado de sentimientos sádicos y no es bueno ni para con los suyos. Lo que sí que les suele inculcar en sus mentes es que les ha concedido lo que le han pedido. Pero es una idea irreal que él les mete en sus cabezas.

Recuerdo una mujer que vendió su alma al Diablo, me dijo: he vendido mi alma, sí, pero mire, tengo cuarenta años y parece que sigo en los dieciocho. La miré y callé, la realidad era terrible, físicamente estaba espantosa, más ella creía seguir gozando de una eterna juventud. Los que entregan su alma por gozar del sexo, no obtendrán más en ese campo que otros de su misma edad. Quizá el demonio tentará más a alguien para que se les entregue y tener contento a ese súbdito suyo. Pero las actuaciones del demonio sólo son por vía de tentación y allí acaba su poder. Contra alguien virtuoso, la tentación se estrella como contra una roca.

En fin, las personas entregadas al demonio deben saber que Dios creo todo y tiene pleno poder, incluso para reducir a la nada a todas las fuerzas del infierno.

Eso si, la persona debe arrepentirse de todo corazón de haber seguido el mal camino y volverse con todas sus fuerzas hacia el buen camino. Haya cometido los pecados que haya cometido, Dios que es un Padre le perdonará si se arrepiente y se esfuerza por cumplir los Diez Mandamientos. 

La persona tendrá que orar mucho, repetir actos de arrepentimiento y de amor a Dios y confesar sus pecados a un sacerdote y recibir por la absolución la limpieza de su alma. Ahora bien, desde el momento en que uno renuncia al Diablo y ama a Dios y quiere obedecerle cueste lo que cueste, desde ese momento uno se ha escapado de las manos del demonio.

El demonio tratará de obsesionarle con la idea de que, puesto que se ha entregado al Diablo, ya no hay posibilidad de marcha atrás. Pero eso no es cierto. Aunque uno haya firmado un contrato firmado con la propia sangre, el contrato queda en papel mojado desde el momento en que uno se arrepiento y vuelve a Dios. Con la libertad uno puede hacer muchas cosas, pero lo único que no se puede hacer es renunciar a la libertad. Y eso el demonio lo sabe

¿QUE HAN HECHO LAS RELIGIOSAS POR NOSOTROS ÚLTIMAMENTE?




Sin ellas, nuestro mundo sería dramáticamente diferente

Ya está aquí la fiesta de la Presentación y es momento de rezar para que haya más monjas.

Mi familia lleva años rezando diariamente “para que haya más sacerdotes y más religiosas” pero, mientras lo hacíamos, yo pensaba siempre algo como “sí, pero sobre todo más sacerdotes”.

El sacerdocio es la vocación cuya carencia sentimos en mayor medida, así que sucede que empezamos a pensar que “oraciones por vocaciones” significa “oraciones por más sacerdotes”. Tremendo error.

No estoy seguro de qué me hizo cambiar de idea. Quizás fuera el haber conocido directamente a más hermanas, las Benedictinas de Atchison (Kansas) y las muchas religiosas que asisten al Benedictine College. Quizás fuera el discernimiento por parte de mis propias hijas de sus vocaciones.


Fuera lo que fuese, ahora me doy cuenta de que el mundo sería un lugar muy diferente sin monjas.

1º: las monjas evitaron que el mal eclipsara al mundo en el siglo XX.

Y destacaremos a dos hermanas en particular en representación de las demás.

Primera: Sor Lucía dos Santos, que detuvo la tiranía en el siglo XX.

Coincido con lo que expone Joseph Bottum en su ensayo de 2005 sobre que los videntes de Fátima tuvieron mayor impacto en la política mundial que cualquier otra persona del siglo XX. Y es que, gracias a ellos, los católicos de todo el mundo rezaron diariamente por la conversión de Rusia.

Sus oraciones tuvieron respuesta directa en 1989, pero, incluso antes, el mensaje de Fátima arruinó los esfuerzos de la opinión de la élite secular que quería dar una oportunidad al ateísmo comunista. Aquello nunca funcionó porque Nuestra Señora de Fátima ya había reclutado a todos los católicos del mundo en una batalla espiritual contras las fuerzas del secularismo.

Segunda: Santa Teresa de Calcuta. Ella definió el catolicismo en el siglo XX para muchas personas, reavivando el interés sobre cómo deben ser tratados los más pobres de nuestro entorno y sobre qué define el mundo, si la impiedad o la gracia.

Resultado de imagen de monjasTomemos el ejemplo del poema que Robert Louis Stevenson dedicó a una de esas hermanas, sor Mariana Cope, que trabajaba en una colonia de leprosos:

Al ver la infinita lástima de este lugar,
el miembro mutilado, el rostro arrasado,
inocentes que sufren sonriendo al azote,
un necio estaría tentado de negar a su Dios.
Él ve y se encoge; pero si solo mirara otra vez,
¡Vería la belleza que brota de los pechos del dolor! —
Se fija en las hermanas en las arduas playas,
e incluso el necio guarda silencio y adora.

La Madre Teresa hizo por el mundo lo que la hermana Mariana Cope por Robert Louis Stevenson: redefinir la pobreza como una oportunidad para la fe, en vez de una marca contra Dios.

Otras “Madres Teresas” menos conocidas hicieron lo mismo por todo el mundo, enseñando a generaciones de escolares e inmigrantes a pensar como católicos al margen de las expectativas del mundo. De sus clases surgieron líderes por los derechos civiles, líderes provida y un maremoto de trabajadores de la caridad.

2º: las hermanas definieron las líneas principales de la espiritualidad contemporánea.

Santa Teresa de Lisieux falleció en 1897, pero el impacto de sus escritos se sintió por toda la Iglesia del siglo XX. Su caminito definió la vocación católica diaria de “hacer cosas pequeñas con un amor enorme” y trazó una línea directa hasta la vocación universal a la santidad del Vaticano II.

Mientras tanto, santa Faustina definía a Dios mismo para nosotros: “Dios tiene un nombre: misericordia”, decía san Juan Pablo II.

Pensemos en la inmensa cantidad de catequesis contenida en una parte del rosario de la Divina Misericordia que Faustina nos entregó: “Por su dolorosa Pasión, ten misericordia de nosotros y del mundo entero”. Rezar esto es aprender que el sacrificio de Cristo es uno para todos, que el pecado es una tragedia para nosotros y también para los demás, pero que podemos ayudar a curarlo.

Madre Angélica fue una poderosa escritora de una profundidad espiritual inesperada, pero tiene su sitio en esta lista de gigantes porque se atrevió a encontrar un lugar para la fe católica en el medio más influyente del siglo XX: la televisión.

Estas mujeres transformaron la forma en que los católicos interactuamos con nuestros trabajos, nuestras familias, con Dios y con la cultura. Y cada una de ellas se definió con los votos que asumió en un convento.

3º: las hermanas nos transforman con el testimonio de su vida y oraciones.

Recientemente, un museo de Ohio presentó un anuncio de las Hermanas de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María en Aberdeen, Dakota del Sur:

“No ofrecemos salario, recompensa, vacaciones ni pensión, pero sí trabajo duro, una residencia humilde, pocas consolaciones, muchas decepciones, enfermedades frecuentes y una muerte violenta o solitaria”.

El hecho de que muchas mujeres asuman jubilosamente ese desafío nos enseña algo que, de otra forma, sería mucho más difícil de entender: Dios es real, su voluntad es la única felicidad auténtica y espera a sus amigos en el paraíso.

¿Cómo serán los próximos 100 años? Recemos para que haya más hermanas que nos lo muestren.


FUENTE: es.aleteia.org

EXPERIENCIAS MÍSTICAS - (Libro “La Victoriosa Reina del Mundo”)


“A los ojos de Mi Padre Celestial, la vida de una persona es una página vacía si no se ha esforzado en salvar almas.”


Tomado del Libro: “La Victoriosa Reina del Mundo” (1939-1987) 
Escrito por: Sor María Natalia Magdolna – Keeskemet, Hungría


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II
EXPERIENCIAS MÍSTICAS


La prenda de la Vida Eterna

Un día, mientras barría el corredor del convento, me encontré de repente en éxtasis en Nazaret y oí una voz que me dijo que debía recorrer el pueblo. Yo siempre había anhelado encontrarme con Jesús de Nazaret y ahora tendría la oportunidad. Empecé a recorrer la calle de casa en casa. De una casa salió un hombre que me preguntó:

—¿A quién buscas?
–A Jesús de Nazaret —le contesté, tan preocupada en encontrarlo que ni siquiera me fijé en él.
—Entra —me dijo— y encontrarás a mi madre; ella te dirá dónde lo puedes encontrar —y se fue.

Entré en la casa y vi una mujer sentada. Por su dulce cara reconocí al instante a la Virgen María. Corrí feliz hacia Ella diciéndole que andaba en busca de Jesús.

—Acaba de salir —me dijo.

Me puse muy triste porque creí que Él se me había escondido.
Entonces la Señora me dijo:

—Mi Hijo me dijo que tú vendrías y que yo te enseñara algo.

Entonces Ella sacó una prenda de vestir, tan bonita, tan preciosa que me dio miedo hasta mirarla.

—Ésta es la prenda de la vida eterna —me explicó—. Esta prenda es de Sor Córdula, quien llegará hoy a tu convento cerca del mediodía.

Nadie sabía nada de la llegada de esta religiosa.

—Tú tienes que orar mucho por ella —añadió Nuestra Señora—. Luego me mostró otra prenda aún más hermosa.
—Y ésta es para Sor Marcela —siguió diciendo la Virgen—. Ella fue tu compañera cuando viajaste a Bélgica. Mi Hijo me dijo que te dijera que también rezaras mucho por esta religiosa, porque si no, no podrá recibir las gracias con las que Él desea colmarla.

Entonces me mostró una tercera prenda, diciéndome:

—Y ésta es tu prenda de la vida eterna.

Por un momento creí que me moriría ante la belleza de esa prenda.

Entonces Nuestra Madre Santísima con dos dedos levantó un poquito la manga de mi hábito de religiosa y añadió:

—Mi Hijo también me dijo que tendrás que quitarte este hábito para que puedas ponerte esta prenda de la vida eterna.

De repente salí de mi éxtasis y me encontré terriblemente confundida. Al otro día, después de misa, le conté todo a la madre superiora, quien me escuchó con comprensión y cariño; le pregunté llorando cómo y cuándo me quitaría el santo hábito y por qué tendría que salir del convento. Ella no supo contestarme. Entonces oré delante del Sagrario, haciéndole a Jesús la misma pregunta que seguía molestándome. Oí Su Voz:

—Cuando tú tengas que quitarte el hábito religioso, todas las demás religiosas con las que tú vives también se quitarán el suyo.

Esto fue lo que pasó después de la Segunda Guerra Mundial cuando, en mi país fueron dispersadas todas las órdenes religiosas.

Al mediodía, como Nuestra Señora me había dicho, sonó el timbre y una nueva religiosa, llamada Córdula, llegó de nuestro convento de Pozsony (Bratislava). Se había escapado de su convento porque entonces el convento de Pozsony y todo el territorio había pasado a Checoslovaquia y ahora ella tenía que empezar su noviciado con nosotras.


La cuerda de la campana

Además de las visiones, tuve que sufrir muchísimo por causa de satanás. El espíritu maligno sabía que yo soy un instrumento en manos de Dios y puedo ayudar a salvar a muchísimas almas con la oración y el sacrificio. Todo lo que se gana para Jesús es pérdida para satanás. Mi vida estaba llena de tentaciones y mortificaciones.

En una ocasión el demonio me llevó al campanario de la iglesia. Me ofreció la cuerda de la campana invitándome a que me colgara. Yo estaba entonces muy abatida y no encontraba razón para seguir viviendo más. La tentación era tan fuerte que casi estaba condescendiendo. De repente, la campana grande empezó a tocar. Era el mediodía. Como de costumbre recé el Ángelus y mientras rezaba sentí que la opresión diabólica iba disminuyendo. Estuve escondida en el campanario hasta el anochecer, cuando mi madre superiora, con la ayuda de una lámpara llegó y me encontró cerca de las diez de la noche. Me dio una Medalla y rezamos. Satanás, batiendo en retirada, como un animal asqueroso, me dijo:

—¡No importa que esta vez no pude llevarte conmigo, pero te aseguro que tú serás mía a la hora de la muerte!
En ese momento oí la voz de Jesús que dijo:
—¡Ella no será tuya, porque no tú, sino Yo Soy el que derramé Mi Sangre por ella!

Entonces me sentí completamente aliviada en mi alma y en mi cuerpo y todas mis dudas desaparecieron.


La lancha salvavidas de la Gracia

Un jueves, al anochecer, Jesús me llevó al huerto de Getsemaní. Completamente agotada de tanto sufrir le pedí que me librara de cierta clase de sufrimientos, pero Él me contestó:

—Yo te di este sufrimiento como una Gracia especial y es por esto que no te lo quitaré. El martirio físico y temporal es una lancha salvavidas para esas almas que navegan hacia el infierno con la multitud de sus pecados. Si te quito este sufrimiento, como tú Me lo pides, la lancha salvavidas, con todas las almas a ti confiadas, se hundirá para siempre. Te bendigo regalándote los sufrimientos de los mártires. Cada vez que tú aceptas este sufrimiento de Mi Mano, Yo puedo salvar muchas almas por medio tuyo. Mi querida hija, es una Gracia misteriosa, un sufrimiento misterioso que te hace morir, aunque más bien tú vives de nuevo. Por este sufrimiento, Yo no sólo puedo salvar almas sino puedo también darle al mundo la gran Gracia de la paz.

El quebrantamiento de los huesos

Una mañana, mientras rezaba, Jesús me llevó al Calvario y vi cómo los soldados quebraban los huesos de los dos ladrones crucificados con Él. Era algo terrible; yo estaba feliz de que no le quebraran los huesos a Jesús. Mientras estaba meditando en esto, Él me dijo:

—Si el Amor Misericordioso del Padre Celestial no hubiera decretado que Yo Me muriera antes, el enemigo hubiera quebrado Mi Sagrado Cuerpo así, como lo hicieron con esos dos. Querida hija, será un secreto para el hombre el porqué Mi Padre Celestial hizo esta excepción con Su Hijo. Esto será revelado a los Ángeles y a los hombres en el juicio final. Hija Mía, únete a Mí y reza una acción de gracias por esto. Yo cargué en Mis hombros todos los pecados más horribles del mundo entero mientras moría en la Cruz. Por eso gané el favor de Mi Padre Celestial.

¡Era tan tierno Jesús cuando me decía todo esto!

Cómo cumplir con los quehaceres del día

Una mañana, durante mi oración, estaba preocupada por las tareas que tenía que hacer. Entonces Jesús me dijo:

—No pude ver tu preocupación sin tratar de ayudarte. Tú deberás hacer tus trabajos de la siguiente manera: debes empezarlos y terminarlos concentrándote totalmente y pidiendo la bendición de Mi Madre. Empieza tu jornada escribiendo lo que te digo. La razón es que, mientras pones por escrito Mis Palabras, estás ocupada Conmigo y tu alma se llena de Mí. Tú necesitas esto, y también a Mí Me gusta. Así, empieza a seguir el ejemplo de Mi Madre y en la felicidad de Mi Presencia empieza tus tareas, coser o lo que sea. No te olvides que cada letra que tú escribas o cada puntada que hagas, simbolizan un alma. No te intereses en cuántas almas has salvado; Yo, el Salvador de las almas, marco cada alma que tú has salvado y tú podrás contar el número cuando entres en la vida eterna. Todas esas almas estarán muy agradecidas, irán a tu encuentro y te felicitarán en su eterna felicidad. Querida hija, es Mi deseo divino que tu mayor interés en esta vida sea la salvación de las almas. A los ojos de Mi Padre Celestial, la vida de una persona es una página vacía si no se ha esforzado en salvar almas.


Oración por las almas del Purgatorio

Una noche Jesús me pidió que orara por las almas del Purgatorio. Eran las cuatro y media y yo quería terminar de escribir mi diario, cuando Jesús me dijo:

—Hija Mía, aunque respeto tu cansancio, quiero pedirte que no te vayas a dormir hasta que pongas por escrito el estado de sufrimiento de las almas del Purgatorio. Yo quiero que Mis hermanos Sacerdotes se unan a la cruzada de oración en favor de las almas que sufren en el Purgatorio. Ahora quiero aliviar a aquellas que durante su vida con frecuencia Me pidieron a Mí y a Mi Madre, en la oración, que tuviéramos piedad de ellas en el momento de su muerte y cuando estuvieran en el lugar del sufrimiento.

Jesús me llevó entonces a un lugar tan grande que yo no podía ver el final. Aunque el lugar estaba oscuro, las almas allí parecían estar calmadas. Había un sinnúmero de almas: llevaban ropa negra y estaban arrimadas unas a otras. Todas parecían inmóviles, sin palabras y muy tristes. Mi corazón casi se quebraba al verlas así. Supe que estas almas no recibían ayuda alguna de nadie en la Tierra, ni oración, ni sacrificios. Sabían que la hora de su liberación no había llegado todavía pero confiaban en que no dilataría mucho.

Después de eso Jesús me llevó a otro lugar similar. Allí las almas tiritaban en sus túnicas negras. Pero cuando me vieron entrar con Jesús, todas empezaron a agitarse. Yo tenía mi Rosario en la mano para rezar por ellas. Cuando vieron el Rosario, todas empezaron a gritar: “¡Rece por mí, querida hermana, rece por mí!” y trataban de sobreponer su voz, gritando más fuerte, solicitando mis oraciones, como una nube de abejas. Aunque todas gritaban a un tiempo, yo podía distinguir la voz de cada una. Reconocí a muchas entre ellas, personas a las que conocí cuando estaban en la Tierra. Vi a algunas religiosas de otras órdenes y también de la mía. Me espanté cuando una madre superiora se volteó hacia mí y me pidió humildemente que rezara por ella.

Después de esto, una religiosa, conocida mía, con sus manos juntas y tocando mi Rosario, me suplicó: “¡Por mí, por mí!”, mientras un extraño sudor, no sé si en el alma o en el cuerpo, corría sobre ella.

Después Jesús me llevó a un tercer lugar donde había un sinnúmero de religiosas, paradas y sin movimiento, mientras un fuerte sudor corría sobre ellas. Se volvieron hacia mí y me suplicaron que rezara el Rosario por ellas. En ese lugar había luz. Yo pensé: “¿Por qué será que ellas me piden el Rosario?” Entonces Jesús me mostró un Rosario, en el que en vez de las cuentas había flores y en cada flor vi brillar una gota de la Sangre de Jesús.

Cuando decimos el Rosario, las gotas de la Sangre de Jesús caen sobre la persona por quien lo ofrecemos. Las almas del Purgatorio están implorando continuamente la Sangre salvadora de Jesús.


El juicio particular

En varias ocasiones Jesús me llevó al lugar del juicio individual. La última vez que fui, oré por un alma pecadora. Mi confesor me dijo que le preguntara a Jesús si esa alma se había salvado. Entonces Jesús me permitió ver cómo esta alma había sido juzgada.

Yo pensaba que iba a ver algo aparatoso, mientras no vi nada de eso. Puedo describir esta experiencia sólo en imágenes. Vi a esta alma mientras se acercaba al lugar del juicio. A un lado estaba el Ángel de su Guarda y al otro satanás. Jesús, en Su Divina Majestad los estaba esperando porque Él es el Juez. El juicio fue rápido y en silencio. El alma pudo ver en un instante toda su vida, no con sus propios ojos, sino con los Ojos de Jesús. Vio las manchas negras, grandes y pequeñas. Si el alma va a la eterna condenación, no siente ningún remordimiento por lo que ha hecho. Jesús permanece callado y el alma se aparta de Él y entonces satanás la arrebata y la arrastra al infierno.

Sin embargo, durante la mayor parte del tiempo, Jesús, con un Amor indescriptible, extiende Su Mano y muestra el lugar al cual el alma debe ir. Jesús le dice: “¡Entra!” Y entonces el alma se pone un velo, similar al que he visto en el Purgatorio, blanco o negro, y ella se dirige al Purgatorio. La acompañan Nuestra Señora y su Ángel de la Guarda tratando de consolarla. Estas almas son muy felices porque ya vieron su lugar en el Cielo donde les espera la felicidad eterna.

Nuestra Señora no está presente en todas las fases del juicio, pero antes de que se pronuncie la sentencia, Ella le suplica a Su Hijo, como Abogada Defensora, exactamente como hace el abogado con su cliente, defendiendo en modo particular a las almas que durante su vida Le fueron devotas. Pero cuando el juicio empieza, Ella desaparece, sólo Su Gracia está irradiando sobre el alma. A la hora del juicio, el alma está completamente sola frente a Jesús. Después del juicio, cuando el alma está cubierta con el velo del color apropiado, entonces la Virgen aparece otra vez, se pone al lado del alma y la acompaña por el camino del Purgatorio.

La Virgen casi se pasa Su tiempo en el Purgatorio, irradiando Sus Gracias consoladoras y salvadoras.

El Purgatorio es un lugar de purificación, pero también un lugar de felicidad. Las almas que esperan allí están aguardando felices el momento de entrar a la felicidad eterna. El énfasis es en la felicidad y no en el sufrimiento. Olvidaba decir que el pecador que mencioné al principio, sí se salvó.

Le pregunté un día a Jesús:
—¿De qué depende nuestra salvación?
Y Él me contestó:

—La salvación no depende de hoy, de mañana o de ayer, sino del último momento. Por eso ustedes deben arrepentirse constantemente. Ustedes se salvan porque Yo los he salvado y no por sus méritos. Solamente el grado de la gloria que ustedes reciban en la eternidad depende de sus méritos. Por lo tanto, ustedes tienen que practicar constantemente dos cosas: el arrepentimiento de sus pecados y decir con frecuencia: “Oh, Jesús mío, en Tus Manos encomiendo mi alma”.

Uno no debe tener miedo al juicio. Jesús, como humilde Cordero, rodea las almas con un Amor indescriptible. El alma que ansía estar limpia llega al juicio para poder encontrarse con el Amor mismo de Quien ella estará enamorada eternamente. En cambio, el alma orgullosa, detesta este Amor, ella misma se distancia de Él y esto en sí mismo es el infierno.

Una vez, apoyada en el hombro de Jesús, yo lloré preguntándole:
—¿Por qué creaste el infierno?
Para contestarme, Jesús me llevó al juicio de un alma muy pecadora, a quien le perdonó sus pecados. Satanás estaba furioso:
—¡Tú no eres justo! —gritaba—. ¡Esta alma fue mía toda su vida! Éste cometió muchos pecados, mientras que yo cometí sólo uno y Tú creaste el infierno para mí.
—¡Lucifer! —le contestó Jesús con Amor infinito—. ¿Tú, alguna vez, Me pediste perdón?
Entonces Lucifer, fuera de sí, gritó:
—¡Eso nunca! ¡Eso nunca lo haré!
Entonces Jesús se volvió hacia mí, diciéndome:
—Ya lo ves, si él Me pidiera perdón tan sólo una vez, el infierno dejaría de existir.

Es por esto que Jesús nos pide que vivamos en continua conversión. Debemos meditar todo lo que Él sufrió por nuestros pecados para que podamos alcanzar la salvación. Hemos de amarle por Su Amor profundo. “Cada alma es un mundo único”, —me dijo—. “Una no puede reemplazar a otra”. Jesús ama a cada alma con un amor especial, y ese amor no es el mismo amor que tiene para las otras.


Cómo prevenir las tentaciones del demonio

—Mira, hija Mía, si tienes un gran pesar, y no puedes orar, si estás confundida acerca de algo, si estás lastimada, si te sientes apagada y no tienes fuerzas para nada, dime solamente con confianza y amor: “¡Jesús, Jesús!”. Entonces, oyendo Mi Nombre, los Ángeles, los Santos y Mi Madre Inmaculada, se postran ante Mí y Me adoran y el infierno se cierra, ya que el infierno está también bajo el poder de Dios y debe inclinarse ante Mi Nombre. En efecto, está escrito en la Biblia que el Cielo y la Tierra deberán inclinarse ante Mi Nombre. ¿No crees que el pronunciar Mi Nombre es una oración poderosa?
—Si durante la oración, tú no puedes hacer más que pronunciar Mi Nombre con amor y confianza; hazlo cada vez que respires, y así tú habrás rezado muy bien y podrás alcanzarlo todo.

Es por esto que nosotros no debemos convertir a los demás con la fuerza. Si alguien se encuentra lejos de nosotros, por ejemplo el padre, la madre o los hijos, es suficiente que recemos por ellos. De esta forma ellos son rodeados por una santa fuerza invisible. Todo esto debe ser a través de la Santísima Virgen, porque nosotros no podemos acercarnos a Jesús sin Su Madre, si queremos ser recibidos favorablemente por Él. Un hombre orgulloso no es capaz de hacer esto. Así Lucifer no pudo humillarse. Nuestra Madre lleva a todos Sus hijos en Sus brazos, los acaricia, les da Sus méritos y hace que Jesús pase por alto sus faltas. Si alguien desea acercarse a Jesús, entonces deberá dirigirse a Su Madre y entregarse totalmente a Ella. Entonces la Virgen seguramente protegerá y llevará a esa persona hasta Jesús.


María no eclipsa a Jesús

Yo era muy devota de María, pero cuando Jesús se me apareció, esa experiencia me llenó de tal forma que ya no podía pensar en nadie y en nada más que en Él. Por eso le pregunté un día a Jesús:

—¿Acaso no estoy ofendiendo a Tu Madre, si Te amo a Ti?
—Si tú quieres alegrar el Corazón de Mi Madre Inmaculada —me contestó Jesús sonriendo—, entonces dime: “Yo Te amo”.
—¡Jesús mío, desde ahora te diré siempre, “Yo Te amo”, para darle gusto a Tu Madre!

Si nosotros trabajamos para nuestra Santísima Madre como Sus apóstoles, no debemos pensar, ni por un momento, que Jesús esté ofendido por esto. Por esto un día Jesús me dijo: “Mi Madre Virgen no existe por Ella misma. Mi Madre Inmaculada y Yo somos uno. Si alguien Me ama, Mi Madre Inmaculada se regocija”.

La Madre de Jesús es indeciblemente feliz cuando nosotros le somos fieles a Jesús, Quien vive entre nosotros en el altar. En cambio, Jesús no es feliz si alguien descuida el honor a Su Madre. Jesús dijo: “Todo lo que tú Le digas a Mi Madre Inmaculada, Me lo estás diciendo a Mí, y si tú Le pides algo a Ella, tú Me lo estás pidiendo a Mí”.


¿Qué piensa Jesús de los hombres malvados?

En la pantalla de la televisión vi a un hombre que lanzó un perro tras unas personas que huían y el perro las despedazó. A mí me impresionó mucho que un hombre pudiera causarle tanto sufrimiento a otra persona y deseaba que el perro despedazara al hombre que lo había azuzado contra la gente. Entonces oí la voz triste de Jesús:

—Los que son torturados por otro hombre y mueren, reciben unas Gracias especiales de Mi parte y recibirán una indescriptible felicidad en la eternidad.
—¿Pero qué le ocurre a quien ha cometido un mal semejante?
—Aquel hombre también es Mi hijo, también por él he muerto. ¿Y tú ahora, quieres golpearlo? El mal que él cometió Me da menos pena que si tú, a quien Yo tanto amo, lo golpeas a él. Con este golpe tú Me hieres a Mí. Te ruego que no Me hagas daño. Mejor ruega por él para que pueda arrepentirse y no merezca ir a la eterna condenación sino que sea uno de los Míos.

Entonces Jesús me mostró qué tan ardientemente ama a los pecadores. Él me ama a mí como los ama a ellos. Jesús cubre nuestros pecados, con los cuales Lo estamos lastimando. No me atreveré a cometerlos de nuevo, porque no quisiera causarle dolor. Entendí que en el juicio final, cuando veamos nuestros pecados ya perdonados, seremos resplandecientes a causa del Amor de Jesús.


¿Qué piensa Jesús de nuestras acciones?

Un día le pregunté a Jesús qué tenía que hacer para complacerle. Me contestó:

—No importa lo que hagas, si estás sentada o acostada. Tú puedes hacer cualquier cosa. Lo único que importa es que tú estés siempre cerca de Mí y que Me ames. No debes nunca dar un paso lejos de Mí. Dime todo, también tus pensamientos. No dejes de hablarme. Lo único que te pido es que no Me ofendas. Yo haré el resto por ti: también Me encargaré del bienestar material y espiritual de tu familia. Si tú Me amas, tú no necesitas pedirme nada. Tú tienes solamente una tarea: ¡Amarme! Me gustaría que lo entendieras de una vez. Todo lo demás te será dado, Mi pobre y preciosa hija.

La confesión

Hay que ir seguido a confesarse. Vi que cuando alguien se está confesando, Jesús abre Sus Llagas y Su Preciosa Sangre fluye de Sus Heridas, gota a gota, mientras el Sacerdote da la absolución.

Jesús me dijo: “Hija Mía, ve a confesarte y di algo porque Yo quiero derramar otra vez Mi Sangre por la humanidad. Yo pido que se arrepientan”.


Jesús en busca de almas

Una vez me asusté al ver a Jesús vestido como un pordiosero, y le pregunté apenada:

—Mi querido Jesús, ¿dónde estuviste?
—A visitar a Mis Sacerdotes —me contestó.
—¿Qué es lo que querías de ellos?
—Les pedía almas.
—¿Obtuviste algunas?
—No, ninguna.
—Y, ¿por qué?
—Porque están más preocupados por sí mismos que por salvar almas. Ellos deberían trabajar incansablemente en la salvación de las almas, deberían negarse a sí mismos y dejar toda clase de diversiones, pero no lo hacen, aunque Yo oré por ellos en la Cruz: “Padre, en Tus Manos pongo sus almas, para que ni uno de ellos se pierda”. Hija Mía, por favor, reza por ellos día y noche. Cada sacrificio hazlo por Mis Sacerdotes, para que en el último juicio no estén con las manos vacías, tal como ahora los encontré.


“Tu sola preocupación: ¡Amarme!”

Con frecuencia gocé de la presencia de Jesús y María juntos. Les pedí que no me convirtiera en espectáculo para este mundo. Yo deseaba seguir en el anonimato en esta Tierra, con un solo deseo y un solo gozo: “Ustedes y yo”. “Señor, si mi vida fuera diferente y mejor que la Tuya, tendría vergüenza de mirarte. ¡Señor mío, que mi vida esté oculta al mundo como fue la tuya!”

A causa de las manipulaciones del demonio, sufrí mucho pensando que me condenaría. Después de largos sufrimientos, Jesús así me habló: “Tu sola preocupación debe ser amarme. Ya no te preocupes más por tus pecados. No trabajes para ser una santa, déjamelo a Mí eso. Yo te haré santa. Tu sola preocupación es la de amarme. Cree firmemente que Yo te amo también. De este modo recibirás Mis Gracias y en todo momento tu alma estará llena de alegría”.



FUENTE: aparicionesdejesusymaria.wordpress.com

LAS VOCACIONES: SIGNOS DE LA ESPERANZA FUNDADA SOBRE LA FE


Por: S.S. Benedicto XVI

Mensaje del Santo Padre para la L Jornada Mundial de oración por las Vocaciones, 21 abril 2013, IV domingo de Pascua, el domingo «del Buen Pastor»


Queridos hermanos y hermanas:


Con motivo de la 50 Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, que se celebrará el 21 de abril de 2013, cuarto domingo de Pascua, quisiera invitaros a reflexionar sobre el tema: «Las vocaciones signo de la esperanza fundada sobre la fe», que se inscribe perfectamente en el contexto del Año de la Fe y en el 50 aniversario de la apertura del Concilio Ecuménico Vaticano II. El siervo de Dios Pablo VI, durante la Asamblea conciliar, instituyó esta Jornada de invocación unánime a Dios Padre para que continúe enviando obreros a su Iglesia (cf. Mt 9,38). «El problema del número suficiente de sacerdotes –subrayó entonces el Pontífice– afecta de cerca a todos los fieles, no sólo porque de él depende el futuro religioso de la sociedad cristiana, sino también porque este problema es el índice justo e inexorable de la vitalidad de fe y amor de cada comunidad parroquial y diocesana, y testimonio de la salud moral de las familias cristianas. Donde son numerosas las vocaciones al estado eclesiástico y religioso, se vive generosamente de acuerdo con el Evangelio» (Pablo VI, Radiomensaje, 11 abril 1964).

En estos decenios, las diversas comunidades eclesiales extendidas por todo el mundo se han encontrado espiritualmente unidas cada año, en el cuarto domingo de Pascua, para implorar a Dios el don de santas vocaciones y proponer a la reflexión común la urgencia de la respuesta a la llamada divina. Esta significativa cita anual ha favorecido, en efecto, un fuerte empeño por situar cada vez más en el centro de la espiritualidad, de la acción pastoral y de la oración de los fieles, la importancia de las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

La esperanza es espera de algo positivo para el futuro, pero que, al mismo tiempo, sostiene nuestro presente, marcado frecuentemente por insatisfacciones y fracasos. ¿Dónde se funda nuestra esperanza? Contemplando la historia del pueblo de Israel narrada en el Antiguo Testamento, vemos cómo, también en los momentos de mayor dificultad como los del Exilio, aparece un elemento constante, subrayado particularmente por los profetas: la memoria de las promesas hechas por Dios a los Patriarcas; memoria que lleva a imitar la actitud ejemplar de Abrahán, el cual, recuerda el Apóstol Pablo, «apoyado en la esperanza, creyó contra toda esperanza que llegaría a ser padre de muchos pueblos, de acuerdo con lo que se le había dicho: Así será tu descendencia» (Rm 4,18). Una verdad consoladora e iluminante que sobresale a lo largo de toda la historia de la salvación es, por tanto, la fidelidad de Dios a la alianza, a la cual se ha comprometido y que ha renovado cada vez que el hombre la ha quebrantado con la infidelidad y con el pecado, desde el tiempo del diluvio (cf. Gn 8,21-22), al del éxodo y el camino por el desierto (cf. Dt 9,7); fidelidad de Dios que ha venido a sellar la nueva y eterna alianza con el hombre, mediante la sangre de su Hijo, muerto y resucitado para nuestra salvación.

En todo momento, sobre todo en aquellos más difíciles, la fidelidad del Señor, auténtica fuerza motriz de la historia de la salvación, es la que siempre hace vibrar los corazones de los hombres y de las mujeres, confirmándolos en la esperanza de alcanzar un día la «Tierra prometida». Aquí está el fundamento seguro de toda esperanza: Dios no nos deja nunca solos y es fiel a la palabra dada. Por este motivo, en toda situación gozosa o desfavorable, podemos nutrir una sólida esperanza y rezar con el salmista: «Descansa sólo Dios, alma mía, porque él es mi esperanza» (Sal 62,6). Tener esperanza equivale, pues, a confiar en el Dios fiel, que mantiene las promesas de la alianza. Fe y esperanza están, por tanto, estrechamente unidas. De hecho, «“esperanza”, es una palabra central de la fe bíblica, hasta el punto de que en muchos pasajes las palabras “fe” y “esperanza” parecen intercambiables. Así, la Carta a los Hebreos une estrechamente la “plenitud de la fe” (10,22) con la “firme confesión de la esperanza” (10,23). También cuando la Primera Carta de Pedro exhorta a los cristianos a estar siempre prontos para dar una respuesta sobre el logos –el sentido y la razón– de su esperanza (cf. 3,15), “esperanza” equivale a “fe”» (Enc. Spe salvi, 2).

Queridos hermanos y hermanas, ¿en qué consiste la fidelidad de Dios en la que se puede confiar con firme esperanza? En su amor. Él, que es Padre, vuelca en nuestro yo más profundo su amor, mediante el Espíritu Santo (cf. Rm 5,5). Y este amor, que se ha manifestado plenamente en Jesucristo, interpela a nuestra existencia, pide una respuesta sobre aquello que cada uno quiere hacer de su propia vida, sobre cuánto está dispuesto a empeñarse para realizarla plenamente. El amor de Dios sigue, en ocasiones, caminos impensables, pero alcanza siempre a aquellos que se dejan encontrar. La esperanza se alimenta, por tanto, de esta certeza: «Nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4,16). Y este amor exigente, profundo, que va más allá de lo superficial, nos alienta, nos hace esperar en el camino de la vida y en el futuro, nos hace tener confianza en nosotros mismos, en la historia y en los demás. Quisiera dirigirme de modo particular a vosotros jóvenes y repetiros: «¿Qué sería vuestra vida sin este amor? Dios cuida del hombre desde la creación hasta el fin de los tiempos, cuando llevará a cabo su proyecto de salvación. ¡En el Señor resucitado tenemos la certeza de nuestra esperanza!» (Discurso a los jóvenes de la diócesis de San Marino-Montefeltro, 19 junio 2011).

Como sucedió en el curso de su existencia terrena, también hoy Jesús, el Resucitado, pasa a través de los caminos de nuestra vida, y nos ve inmersos en nuestras actividades, con nuestros deseos y nuestras necesidades. Precisamente en el devenir cotidiano sigue dirigiéndonos su palabra; nos llama a realizar nuestra vida con él, el único capaz de apagar nuestra sed de esperanza. Él, que vive en la comunidad de discípulos que es la Iglesia, también hoy llama a seguirlo. Y esta llamada puede llegar en cualquier momento. También ahora Jesús repite: «Ven y sígueme» (Mc 10,21). Para responder a esta invitación es necesario dejar de elegir por sí mismo el propio camino. Seguirlo significa sumergir la propia voluntad en la voluntad de Jesús, darle verdaderamente la precedencia, ponerlo en primer lugar frente a todo lo que forma parte de nuestra vida: la familia, el trabajo, los intereses personales, nosotros mismos. Significa entregar la propia vida a él, vivir con él en profunda intimidad, entrar a través de él en comunión con el Padre y con el Espíritu Santo y, en consecuencia, con los hermanos y hermanas. Esta comunión de vida con Jesús es el «lugar» privilegiado donde se experimenta la esperanza y donde la vida será libre y plena.

Las vocaciones sacerdotales y religiosas nacen de la experiencia del encuentro personal con Cristo, del diálogo sincero y confiado con él, para entrar en su voluntad. Es necesario, pues, crecer en la experiencia de fe, entendida como relación profunda con Jesús, como escucha interior de su voz, que resuena dentro de nosotros. Este itinerario, que hace capaz de acoger la llamada de Dios, tiene lugar dentro de las comunidades cristianas que viven un intenso clima de fe, un generoso testimonio de adhesión al Evangelio, una pasión misionera que induce al don total de sí mismo por el Reino de Dios, alimentado por la participación en los sacramentos, en particular la Eucaristía, y por una fervorosa vida de oración. Esta última «debe ser, por una parte, muy personal, una confrontación de mi yo con Dios, con el Dios vivo. Pero, por otra, ha de estar guiada e iluminada una y otra vez por las grandes oraciones de la Iglesia y de los santos, por la oración litúrgica, en la cual el Señor nos enseña constantemente a rezar correctamente» (Enc. Spe salvi, 34).

La oración constante y profunda hace crecer la fe de la comunidad cristiana, en la certeza siempre renovada de que Dios nunca abandona a su pueblo y lo sostiene suscitando vocaciones especiales, al sacerdocio y a la vida consagrada, para que sean signos de esperanza para el mundo. En efecto, los presbíteros y los religiosos están llamados a darse de modo incondicional al Pueblo de Dios, en un servicio de amor al Evangelio y a la Iglesia, un servicio a aquella firme esperanza que sólo la apertura al horizonte de Dios puede dar. Por tanto, ellos, con el testimonio de su fe y con su fervor apostólico, pueden transmitir, en particular a las nuevas generaciones, el vivo deseo de responder generosamente y sin demora a Cristo que llama a seguirlo más de cerca. La respuesta a la llamada divina por parte de un discípulo de Jesús para dedicarse al ministerio sacerdotal o a la vida consagrada, se manifiesta como uno de los frutos más maduros de la comunidad cristiana, que ayuda a mirar con particular confianza y esperanza al futuro de la Iglesia y a su tarea de evangelización. Esta tarea necesita siempre de nuevos obreros para la predicación del Evangelio, para la celebración de la Eucaristía y para el sacramento de la reconciliación. Por eso, que no falten sacerdotes celosos, que sepan acompañar a los jóvenes como «compañeros de viaje» para ayudarles a reconocer, en el camino a veces tortuoso y oscuro de la vida, a Cristo, camino, verdad y vida (cf. Jn 14,6); para proponerles con valentía evangélica la belleza del servicio a Dios, a la comunidad cristiana y a los hermanos. Sacerdotes que muestren la fecundidad de una tarea entusiasmante, que confiere un sentido de plenitud a la propia existencia, por estar fundada sobre la fe en Aquel que nos ha amado en primer lugar (cf. 1Jn 4,19). Igualmente, deseo que los jóvenes, en medio de tantas propuestas superficiales y efímeras, sepan cultivar la atracción hacia los valores, las altas metas, las opciones radicales, para un servicio a los demás siguiendo las huellas de Jesús. Queridos jóvenes, no tengáis miedo de seguirlo y de recorrer con intrepidez los exigentes senderos de la caridad y del compromiso generoso. Así seréis felices de servir, seréis testigos de aquel gozo que el mundo no puede dar, seréis llamas vivas de un amor infinito y eterno, aprenderéis a «dar razón de vuestra esperanza» (1 P 3,15).


Vaticano, 6 de octubre de 2012

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR

EL HOMBRE DEBERÍA TEMBLAR
San Francisco de Asís